El magistrado del Constitucional, Pedro González-Trevijano escribe una obra de teatro de un diálogo entre Dios y el Diablo

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A Dios no lo llama Dios sino Adonay, uno de los nombres con los que los judíos designan a Dios, que significa Mi Señor. Los hebreos tenían prohibido pronunciar su nombre. Fue el propio Dios el que le dijo a Moisés, en el Monte Sinaí, que le  podían llamar así, Adonay. En el texto judío equivalente al Antiguo Testamento cristiano se pronuncia más de 300 veces el nombre de Adonay, Mi señor.

Al Diablo tampoco lo llama Diablo sino Belial, nombre compuesto de dos palabras, Bily, que significa corrupción, y a’al, ganancia. Belial, por lo tanto, significa «el desobediente», «el rebelde» o el de «ganancias corruptas», aunque también tiene los significados de «hijo del infierno», «señor de orgullo».

A los dos, el autor, Pedro González-Trevijano, los sitúa en su obra de teatro titulada «Adonay y Belial, una velada en familia», en la sede del Palacio Arzobispal de Santiago de Compostela, desde cuyas ventanas se puede ver el Pórtico de la Gloria. Para eso, precisamente, se han desplazado a esa ciudad.

El primero va vestido con una túnica holgada de algodón de color blanco con ribetes azulados y el otro de negro riguroso, en un cuidado suyo de raso. Es un encuentro de dos seres en decadencia clara.

Son 122 páginas que se leen con una gran facilidad y que revelan la vasta –vastísima [el adjetivo es muy justo]– cultura de su autor.

En ese marco, tiene un duelo dialéctico lleno de sarcasmos, de ironías y de puyas mutuas sobre el pasado, desde el principio de los tiempos, cuando existían otros dioses que fueron desplazados por ellos.

Como ahora, en nuestros tiempos, se están viendo desplazados por dos nuevos caballeros, «Monsieur l’athéisme» y «monsieur l’agnosticisme», que parecen querer ocupar sus lugares.

El texto de González-Trevijano es texto muy vivo, de muy fácil lectura, compuesto por dos actos y un epílogo. Un texto en el que Belial suelta puyas como «En el Vaticano el cianuro corre más que… Teodoro I, Formoso, Alejandro VI, León X… La lista es más lara que la de mis pecados. Algunos dieron con sus huesos en mi casa», en referencia a cuatro Papas.

O como las de Adonay, en clave claramente personal: «¿Qué mascullas? Habla con claridad. Te aconsejé que trataras tu frenillo con un discípulo de Hipocrates. Se llamaba Polibio. A Demóstenes le mejoró su dicción. No podía, como tú, pronunciar las ‘erres’. Y ahí está. Un poquito de oro».

González-Trevijano no elude tampoco reflexiones de calado, que han venido acompañando al hombre desde el principio del cristianismo, como por ejemplo, ¿por qué permite Dios el mal?

«Si soy el Supremo Hacedor, ¿no soy corresponsable? ¿Por qué lo consiento? Tendré que volver a replanteármelo. Hay demasiadas cosas que me desconciertan», admite un anciano Adonay, que lleva un bolsón que contiene una corona de espinas, unos clavos, una esponja, un sudario y una copa de madera, el Santo Grial. «No logro desembarazarme de sus pertenencias».

En un momento dado Belial saca la cosa del sexo y le pregunta a Adonay si no ha sentido interés «por una mujer».

A lo que contesta el segundo: «No. Soy perfecto en mí mismo».

Y Belial le responde: «Ya. Pero, ¿no te hubiera apetecido formar una familia? (En voz baja) Una madre virginal, un padre asestado, un hijo crucificado y una paloma revoloteando. ¡Eso no es una familia!».

Al Antiguo testamento, Belial lo califica de fábula de actos grandiosos. Y al Nuevo, por el contrario, «es una narración para apocados. ¡Ausente  de heroísmos. ¡No tiene garra! (Pausa. Con displicencia). Amarás al prójimo como a ti mismo». Adonay contesta «¡Eres un escorpión ponzoñoso!La encarnación del mal».

En la conversación afloran personajes como Freud, Nietzsche, Cortazar, Borges o, incluso, Carlos Marx.

A quien Adonay le ajusta las cuentas.

«¿Marx? ¡Un cientificista deplorable con su matraca del materialismo histórico! Detonante de las más cruentas revoluciones. (Pausa). Empezó por declarar su amor a mi Hijo, dedicarle algún mal visillo y creer que su alma estaba destinada a tu Infierno», afirma.

Y añade: «Su comportamiento no se correspondía con el de un bolchevique: despilfarrador, depredador sexual, borrachín… Y se lió con su criada, a la que dejó encinta. ¡Todo un luchador frente a la opresiva burguesía!… Un fariseo. ¡Aunque lo que me enerva es la obcecación de verle parecido físico conmigo».

Para quien le guste la lectura, «Adonay y Belial, una velada en familia», es una apuesta segura y divertida. Sin duda.

Pedro González-Trevijano es una «rara avis» en el planeta de lo jurídico. Magistrado del Tribunal Constitucional desde 2013, es catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Rey Juan Carlos, de la que fue rector, académico de número de la Real Academia de Jurisprudencia yk Legislación de España, y autor de más de 30 libros, algunos de los cuales nada tienen que ver con el mundo de la Justicia, como «Magnicidios de la Historia» o «Dragones de la política», donde analiza a grandes personalidades de la historia como Alejandro Magno, Aníbal, Julio César, Atila, Don Pelayo, el Cid, Ricardo Corazón de León, Gengis Kan, Juana de Arco, el papa Julio II, Hernán Cortés, Napoleón, Simón Bolívar, Hitler y muchos otros, que alteraron la historia con gestas y atrocidades increíbles.

«Adonay y Belial, una velada en familia» es su primera obra de teatro.

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